Nunca supe si escuchabas esas voces desde niña. Eras rara.
Nos parecías diferente pero no enferma.
Te costaba socializar y cuando vivías en Naiguatá y te visitábamos, ponías cara de pocos amigos. A mí esa casa me encantaba porque era sencilla, desordenada, y porque tenía un loro maravilloso que te guiñaba el ojo y que era capaz de repetir cualquier palabra.
También me gustaba estar contigo. Eres mi única prima y lo fuiste por muchos años.
Nuestra familia, ya lo sabes, no era como las otras, por eso a nadie le extrañaba tu actitud, un tanto arisca y tu personalidad salvaje.
De tu salón de clase eras la más brillante y tus comentarios, aunque escasos, eran agudos e inteligentes.
En la adolescencia, cuando ya vivías en Caracas le diste a mi tía unos cuantos dolores de cabeza. Eras rebelde, inteligente y bella. Te decidiste sin pensarlo por la medicina y te fuiste a estudiar a España. La mejor de la clase.
Recuerdo que allí te visitamos y se te veía contenta. Yo, que rondaba los trece, salí contigo un día. Nos fuimos haciendo autostop desde La Coruña hasta Santiago. Tu lo comentaste con naturalidad y ante la cara de regaño de mi mamá yo dije descaradamente que mentías.
Un día, como si tal cosa le contaste a mi mamá todo "lo que habías hablado con la suya" y te prodigaste al comentarnos las respuestas de la abuela. Todos enmudecimos porque esa abuela con la que tanto conversaste había muerto hacía más de 30 años.
Drogas. Eso fue lo que pensamos.
Regresaste a Caracas y después de algunos meses supimos el diagnóstico: esquizofrenia.
A partir de ese momento te rodearon voces que nunca se callaron, personas que nunca existieron y tu escasa capacidad de socialización se esfumó como por arte de magia. Tu cara nunca más mostró una sonrisa y viviste el infortunio de una medicación que te amansaba al mismo tiempo que te destruía.
Estos dos últimos meses fueron terribles. Nunca perdiste la conciencia de lo que te ocurría y te atreviste a desafiar algunas de las opiniones médicas como si siempre hubieses ejercido la medicina.
Hace dos días, esas voces que siempre te rondaban, se callaron para siempre.
Te quiero prima.
Tengo la absoluta certeza de que estás, ahora sí, ubicada en el plano que te corresponde. En una dimensión que ya conocías y en la que podrás ser feliz. Una dimensión donde reina el silencio.
En esta Navidad tan triste haremos el esfuerzo de levantar nuestra copa y brindar por tí.
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